Carnaval, hedonismo y pasión en la ciudad maravillosa:Rio de Janeiro

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Desde el Corcovado hasta la playa de Ipanema o el encantador barrio de Santa Teresa, la ciudad más cautivadora de Brasil es un destino atractivo durante todo el año.

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La playa de Copacabana, que encapsula el alma de los cariocas.

Hedonista, vibrante y sociable, Río de Janeiro siempre recibe a sus visitantes con los brazos abiertos, sin importar la temporada. Durante el carnaval, se sumerge en una celebración que abarca todos sus barrios, desde sus extensas playas que han inspirado canciones legendarias, hasta sus dos emblemáticas montañas: el Corcovado y el Pan de Azúcar.

Diez Curiosidades sobre Río de Janeiro

La Pasión del Carnaval

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Río alberga el carnaval más famoso del mundo.

En Río de Janeiro, existe una ley municipal que exige al alcalde entregar la llave de la ciudad al rey Momo el viernes de carnaval. Durante una ceremonia festiva, el alcalde se desliga de los asuntos de la ciudad hasta el miércoles de ceniza. A partir de ese momento, el rey Momo –un personaje de la mitología griega que se transformó en un símbolo festivo durante el Siglo de Oro español– toma el mando de la ciudad. Los versos de la canción Cidade Maravilhosa, compuesta en 1935, resuenan incansablemente en millones de voces y altavoces a lo largo de Río de Janeiro, desde las playas hasta las montañas.

Pocos lugares en el mundo celebran el carnaval como lo hace Río de Janeiro. Pocas ciudades transforman su rutina de manera tan drástica. Pocas se entregan a la festividad de carnaval con tanto fervor. Ya sea en elegantes bailes como el del Copacabana Palace, en los blocos de rua (comparsas callejeras), en los bate-bolas de los suburbios (payasos con pelotas atadas en palos) o en el tradicional desfile de las escuelas de samba del Sambódromo, Río de Janeiro irradia carnaval por todos lados.

Bajo el hechizo del rey Momo

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Miles de personas deslumbran con sus espléndidos trajes mientras desfilan y bailan en el Sambódromo.

Para quienes visitan la ciudad durante el carnaval, los blocos de rua son una excelente guía para conocerla. Siguiendo a la vibrante Banda Ipanema, exploramos el barrio costero donde nació la famosa garota (joven) de Tom Jobim y Vinicius de Moraes; al bailar en el Cordão do Boitatã, descubrimos la histórica plaza XV, sede del gobierno colonial. Al ver desfilar al Cacique de Ramos, un auténtico ícono del suburbio norte, nos impregnamos de la avenida Rio Branco, construida a principios del siglo XX con la inspiración de París.

Río de Janeiro es carnaval. Y el carnaval es una geografía que se adapta perfectamente al tamaño de la ciudad. Nada escapa al dominio del rey Momo. Lo que no está directamente bajo su batuta se convierte en un inevitable intervalo festivo: entre sudor y purpurina, los foliões (ciudadanos carnavalescos) recargan energías en sus playas y cascadas. Ciudades entrelazadas. La cantante Fernanda Abreu captura la esencia de Río de Janeiro como nadie en su canción Rio 40 graus (1992), un verdadero himno pop que hace alusión a la película del mismo nombre de 1955, censurada por la dictadura: «Cidade sangue quente / maravilha mutante / o Rio é uma cidade de cidades misturadas / o Rio é uma cidade de cidades camufladas».

Un collage arquitectónico
La arquitectura contemporánea de la Catedral de Río de Janeiro.

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A los pies del antiguo acueducto de los Arcos da Lapa, se percibe esa ciudad única, formada por capas entrelazadas. Los rascacielos del centro financiero se entrelazan con las vibrantes calles del bullicioso barrio de Lapa, corazón de la vida nocturna. Arriba, los tranvías amarillos se dirigen hacia la promesa elevada y verde del barrio de Santa Teresa.

En Lapa, el sincretismo arquitectónico se manifiesta en la calle Lavradio, llena de tiendas de antigüedades y bares. Esta vía, en su esquina más famosa, se abre hacia la futurista avenida de Chile, adornada de rascacielos y dominada por la ecléctica Catedral Metropolitana. Para apreciar la maravilla transformadora de Río, no hay nada mejor que abordar una de las dos líneas de tranvía de Santa Teresa. En cada curva, entre majestuosas mansiones de la belle époque del siglo XIX, vislumbramos fragmentos de la ciudad y el azul profundo filtrándose entre manchas de vegetación.

Fábulas e Historias de Santa Teresa

El histórico tranvía amarillo nos lleva a Santa Teresa.

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Desde la parada del Curvelo, podemos explorar a pie el encantador barrio de Santa Teresa, que es como una ciudadela en sí misma. En el Museo Chácara do Céu, encontramos obras de artistas como Joan Miró, Henri Matisse y el brasileño Cândido Portinari. En el Bar do Mineiro, disfrutamos de una feijoada, el plato más emblemático, compuesto de arroz, frijoles y carnes. Mientras paseamos entre talleres y tiendas de segunda mano –no te pierdas el Vinil do Mustafá– vamos descubriendo el carisma de Santa Teresa. Tomar asiento en el Armazém São Thiago, el bar de Gomes, establecido por un inmigrante gallego en 1919, es como asistir a una clase de cultura carioca.

Mientras flotamos en la amena conversación del Gomes, esperando a que pase el bloco carnavalesco Carmelitas o el Céu na Terra, nos empapamos de las historias y leyendas de toda una ciudad. Alguien nos contará cómo Mick Jagger conoció a la modelo Luciana Gimenez en una fiesta del barrio, que en un carnaval se robaron cuadros del Chácara do Céu o que Ronald Biggs, el famoso asaltante del tren de Glasgow, residió durante quince años en Santa Teresa y era un habitual del Gomes.

Las colinas de Santa Teresa siempre nos sorprenden con su constante in crescendo. Al subir en tranvía, autobús o taxi hacia Dos Irmãos, la ciudad de capas paralelas va encajando sus piezas. Desde la parte alta del barrio, se pueden avistar simultáneamente el Pão de Açúcar y el Cristo Redentor.

Las múltiples capas de Río

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El Museo del Mañana, diseñado por Santiago Calatrava.

En el extremo opuesto de la calle Almirante Alexandrino, el horizonte ocre y dorado del centro y el norte de la ciudad envuelve el edificio blanco de la estación de trenes Central do Brasil. En Dos Irmãos, descubrimos que el Cristo Redentor se encuentra a solo diez minutos en taxi, y muchos cariocas acceden a la icónica estatua utilizando el camino secreto de la carretera de las Paineiras.

Varias de las capas de Río de Janeiro se entrelazan en la plaza Mauá. Inaugurada en 1910, esta plaza es un símbolo de la revitalización de la ciudad en preparación para los Juegos Olímpicos de 2016. La operación Porto Maravilha creó el bulevar Olímpico, rehabilitando antiguos galpones del puerto, junto con el Museo del Mañana, obra del arquitecto Santiago Calatrava. Con su forma de cetáceo y dotado de paneles solares, este museo fusiona arte, ciencia y sostenibilidad.

Arte y un Pasado Oscuro

Interior del Palacio Catete

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Al otro lado de la plaza se encuentra el Edificio Joseph Gire, conocido popularmente como A Noite (La Noche), que desprende aromas art déco. La visita al Museo de Arte de Río (MAR), ubicado en el Palacete Dom João VI y en un edificio modernista de los años 40, es una parada esencial para comprender el delicado hilo que une el pasado y el futuro de la ciudad.

En las cercanías de Mauá se halla uno de los más grandes símbolos del legado esclavista del país: el Cais do Valongo, un pequeño muelle por el que arribaron a Río entre 500.000 y un millón de esclavos africanos entre 1810 y 1831. Este dique, reconocido como Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO en julio de 2017 por ser el único vestigio físico de la llegada de esclavos en América Latina, se ha transformado en un importante centro para recorridos educativos.

Música en la Playa

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En Río, las preocupaciones parecen no existir.

Los cariocas, sobre todo durante el carnaval, enfrentan su pasado traumático con humor. Un claro ejemplo es el bloco Escravos da Mauá, que se reúne en el encantador Largo de São Francisco da Prainha. No muy lejos, los habitantes de la Pedra do Sal se enorgullecen de celebrar el lunes más festivo del mundo, con su multitudinaria roda de samba.

Las escaleras esculpidas en la roca de la Pedra do Sal serpentean hacia otro de los rincones ocultos de la ciudad, el Morro da Conceição.

La canción Pão de Açúcar. Do Leme ao Pontal, una de las más emblemáticas de Tim Maia, el legendario músico que fusionó soul y ritmos brasileños en los años 70, actúa como una verdadera guía turística. La sucesión de playas mencionadas en la letra lleva a uno de los hijos pródigos de la ciudad a declarar que «no hay nada igual en el mundo» a Río de Janeiro, concluyendo una estrofa con las palabras: «Urca, praia Vermelha». A los pies del Pan de Azúcar, la playa Vermelha, con sus vistas de ensueño, se presenta como una opción perfecta para quienes buscan tranquilidad.

El Río más Elegante

El Barrio de Urca, a los Pies del Pan de Azúcar

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Paseando por el sofisticado barrio de Urca, disfrutando de buñuelos de bacalao en el bar Banca da Urca, y rodeando el Pan de Azúcar hasta llegar a la avenida Portugal, podemos admirar la ciudad enclavada entre montañas. Este escenario nos transporta a la conexión con la naturaleza que experimentaban los pueblos tupinambá y temiminós antes de la llegada de los portugueses.

Tim Maia nos lleva hacia Botafogo, una playa que no es apta para nadar, pero cuyas calles esconden algunos de los mejores bares y restaurantes de la ciudad. Recientemente, la calle Arnaldo Quintela ha tomado la delantera en este ranking.

Continuamos hacia Flamengo, un barrio que fue elegido por la élite carioca a finales del siglo XIX y principios del XX para establecerse lejos del bullicio del centro histórico. Cuna del legendario equipo de fútbol Flamengo, este barrio encapsula la esencia de Río de Janeiro. El alma carioca resuena en el parque Aterro do Flamengo, que alberga el histórico Museu de Arte Moderna, en su playa –que sí es apta para el baño– y en los restaurantes de la calle Barão do Flamengo.

La Vida de Flamengo

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La playa de Flamengo,

Flamengo es una pieza fundamental en el rompecabezas en constante cambio de Río. Sus calles, que enlazan la zona sur con el centro urbano, ofrecen vistas a los barrios de Laranjeiras, donde la vida vibra en el Largo do Machado durante el día y en la plaza São Salvador por la noche, así como a Catete, donde es muy recomendable visitar el palacio presidencial.

La calle Catete, vibrante y animada como pocas, con sus vendedores ambulantes y sus hostales de principios del siglo XX, nunca decepciona. Al recorrerla en dirección al mar, desembocamos en Glória, el primer barrio del centro histórico. Dejándonos llevar por la inercia, acabamos en la región de Cinelândia, donde el empresario español Francisco Serrador construyó en los años 30 una versión brasileña de la Times Square neoyorquina.

Sentados en el restaurante Amarelinho, en la plaza Floriano, rodeados por el palacio Monroe, la Biblioteca Nacional y el espléndido Teatro Municipal, comenzamos a sentir el eco de un pasado vibrante y eléctrico de Cinelândia, que aún se hace presente en cines como el Odeon, en teatros como el Rival y en la animada calle del Senado.

El dulce palpitar de Copacabana

La playa de Copacabana

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La película Orfeo negro se alzó con la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1959 al ofrecer una adaptación carioca del mito griego. La historia de amor entre Eurídice y el conductor de tranvía Orfeo, ambientada en el carnaval, alcanza algunos de sus momentos más intensos en el morro de Babilônia, accesible desde el barrio de Leme, en el extremo de la playa de Copacabana. Desde la cima de Babilônia, frente al majestuoso peñón del Pan de Azúcar, donde tres niños bailan al final de la película, se puede apreciar cómo todos los ríos de Janeiro se entrelazan. El Río Norte, con su silueta portuaria; Flamengo, con su parque y su playa; Santa Teresa, enclavada en su colina; las ondulantes formaciones de las montañas cariocas; el verdor que las cubre; el azul profundo de la bahía. A nuestra derecha se extiende la curva de la playa de Copacabana. A nivel del suelo, los cariocas y turistas que pasean por la playa de Copacabana parecen ignorar cualquier indicio de tragedia. Se dedican a jugar a la altinha (dar toques a un balón sin que toque el suelo el mayor tiempo posible), degustar kibbes o esfihas (empanadas árabes), y disfrutar de cervezas y zumos. También se divierten jugando al voleibol o con raquetas de playa.

Los tradicionales mosaicos adornan las playas de Leme y Copacabana.

En las calles del barrio de Copacabana, vibrante y diverso, confluyen muchos de los pueblos de la «ciudad de ciudades» que se entrelazan. Allí conviven jubilados y buscavidas, turistas y artistas, músicos y aventureros. Para sentir el pulso de Copacabana, la tradición sugiere disfrutar de un bocadillo de solomillo con piña a deshoras en el bar Cervantes y asistir a uno de los conciertos del Bip Bip, donde, tras la medianoche, el público aplaude chasqueando los dedos para no perturbar a los vecinos.

El adiós en Ipanema

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Atardecer en la playa de Ipanema.

El hedonismo también reina en el barrio vecino de Ipanema. El personal más alternativo de la zona sur se reúne en el Posto 9 de la playa que vio nacer a la joven de cuerpo dorado, del sol de Ipanema. Disfrutan de caipirinhas, exhiben cuerpos tatuados y charlan sin preocupaciones. Al final de la tarde, las piedras del Arpoador se convierten en el mirador más codiciado.

Cuando el sol está a punto de ocultarse y la pedra da Gavea se tiñe de púrpura, repasamos mentalmente todo lo que hemos vivido en la Ciudad Maravillosa y, sobre todo, lo que aún queda por hacer: caminar por el Jardín Botánico, remar en la laguna Rodrigo de Freitas, disfrutar de una comida en el palacete del Parque Lage, asistir a un concierto en el Circo Voador de Lapa, y ver desfilar a la escuela Portela en el Sambódromo. Con la tarde llegando a su fin, no hay ni rastro de tragedia griega. Solo resuena el eco de la melodía melancólica de A felicidade de Tom Jobim, que los niños del morro da Babilônia intentan interpretar en la penúltima escena de Orfeo Negro. Una felicidad que no es ni alegre ni triste, sino la felicidad plena de saudade de la bossa nova, esa nostalgia tan lusófona: «A felicidade é como a pluma/ que o vento vai levando pelo ar / voa tão leve, mas tem a vida breve / precisa que haja vento sem parar».


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