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El pequeño «fiordo» pesquero de Asturias con 20 habitantes que vio nacer a la escritora española más leída tras Miguel de Cervantes

Este encantador pueblo, que se asoma a una pequeña ensenada rodeada de imponentes acantilados, es el hogar de la reina de las novelas románticas.

Un atardecer con la esencia de Corín Tellado.

Se dice que en su residencia de Gijón, tenía alineadas cientos de novelas que había publicado a lo largo de su vida, una vista impresionante al verlas todas juntas; pero lo que verdaderamente asombraba era que esa colección no representaba su totalidad, ya que en realidad había escrito miles de novelas románticas, de esas de cubierta rosa, que se devoran de un solo vistazo y que parecen sencillas de redactar, pero en realidad no lo son tanto. Su reinado en el ámbito editorial se sustentaba en los cuatrocientos millones de ejemplares vendidos, una cifra que le valió un lugar en el Libro de los Récords Guinness, como la escritora en lengua española que más ha vendido a nivel mundial. De hecho, según la Unesco, María del Socorro Tellado López es la autora más leída en España, solo superada por Cervantes. Entonces, ¿por qué no te suena su nombre?

CUNA DE CORÍN TELLADO

Viavélez fue el pueblo natal de la gran best seller de las novelas populares en España.

La razón es que sus libros estaban firmados bajo el seudónimo de Corín Tellado. Aquí, en este pequeño caserío asturiano que parece haberse desprendido del acantilado con pereza, nació Corín Tellado. En Viavélez, en el concejo de El Franco, todo evoca su presencia. Si lo observas desde el mirador de la Atalaya, en la parte alta, donde antes se vigilaba el paso de las ballenas, se puede distinguir claramente la fisonomía del lugar: un pueblo que se fusiona de manera orgánica con el mar. Al atardecer, la imagen podría inspirar una de las portadas de las novelas de Corín Tellado, con la luz saturada del crepúsculo que irradia romanticismo.

El pueblo se asoma a una pequeña ensenada enclavada entre los imponentes acantilados que se extienden entre el Nalón y la ría del Eo, como si fuera un “fiordo” en miniatura. El diminuto caserío se agrupa alrededor de un puerto en forma de “U”, donde apenas hay unos pocos barcos pequeños y se pueden ver algunas nasas apiladas en el muelle. Este microparaíso de veinte habitantes no ha cambiado mucho desde aquel 1927, cuando nació la mujer que vendería más libros que ningún otro autor del mundo hispanohablante, con miles de reediciones y ediciones populares de bolsillo. Y en su pueblo, la llamaban Socorrín.

Después de la Guerra Civil, se trasladó a Cádiz, donde un librero la conectó con la editorial Bruguera; en 1946 publicó su primera novela. Luego vendría el método que parece casi increíble contado de esta manera: ocho horas diarias de escritura desde las siete de la mañana, completando una novela corta cada semana, consumiendo cinco cajetillas de tabaco mientras entrelazaba tramas de amor y desencuentro. El resto, como se dice, es historia. Una historia como las que ella solía escribir: con un final feliz.

PUERTO BALLENERO
El puerto de Viavélez fue, en su momento, un destacado centro de caza de ballenas.

Durante la primera mitad del siglo XVII, las capturas de ballenas eran tan numerosas que el nombre del pueblo llegó hasta los despachos de Madrid. Pedro Texeira lo incluyó en su Atlas del Rey Planeta en 1634 —el registro cartográfico más ambicioso de la España imperial, encargado por Felipe IV—, anotando que a dos leguas de Ortiguera “se aze otro portizuelo junto al qual está otra aldea que dizen Viavélex”. Portizuelo: la palabra describe su tamaño, aunque no su importancia.

Todo en Viavélez refleja la esencia de los pueblos del extremo occidental de Asturias, con sus empedradas callejuelas que ascienden por la ladera, la escala de las casas que invita a caminar con calma, y el aroma del mar Cantábrico.

VISTAS AL CANTÁBRICO

El Cantábrico desde el Mirador El Porto.

Ese puerto de actividad inagotable, que en su día albergó una escuela de carpinteros de ribera, se ha transformado hoy en un paisaje pintoresco y artesanal, perfectamente integrado con el pueblo. En el puerto, hay una rampa algo inclinada que conduce al Mirador El Porto. La subida es exigente, pero las vistas del mar Cantábrico, del faro y del propio puerto lo hacen valer la pena. Justo en el mirador, encontraremos la escultura «Litoral», de Ernesto Knorr, una metáfora de acero corten que rinde homenaje a ese pasado ballenero.

Al regresar abajo, la casa natal de Corín Tellado exhibe una placa, y la calle lleva su nombre. Poco más que eso. Como si aquella mujer no tuviera mucho más que aportar: ella misma confesó no haber vivido ninguna gran historia de amor. La maestra del romance escribía sobre lo que le faltaba o sobre lo que había imaginado desde este puerto en el Cantábrico. No sé si eso lo explica todo o no aclara nada. Pero mientras paseo por el muelle, con el pueblo entero a mis espaldas, comprendo que Corín Tellado fue una trabajadora incansable. Al final, escribir es insistir. Quizás los atardeceres que se contemplan en esta costa le inspiraron la imaginación vibrante que la acompañó durante toda su vida como escritora.


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